CAPÍTULO 4
Vuelve a hablar
Ismael…
Sheila esta parada
delante de mí, mirándome fijamente, su mirada lasciva ha desaparecido al ver a
Dana a mí lado. Rio para mis adentros.
-Buenos días Sheila, ¿querías algo?- le
pregunto, cortés.
-Dana, tu madre ha llamado, decía que era
urgente.-Comenta ella sin que ningún tipo de emoción cruce su rostro, me
pregunto si tendría sentimiento alguno.
Me concentro en Dana, que
ahora tiene la mirada perdida en un punto fijo en el horizonte. Paso mi mano
varias veces por delante de sus ojos, ella no reacciona, comienzo a
preocuparme. La agarro de los hombros y la zarandeo ligeramente, y por fin ella
reacciona y enfoca mi cara. Una solitaria lágrima se desliza por mejilla y me
abraza con todas sus fuerzas, en ese momento me doy cuenta que Sheila sigue
mirándonos, le cierro la puerta en las narices y me dirijo de nuevo hacia la
cama sin separarme ni un milímetro de Dana. Caemos en la cama, ella sobre mí.
Pone su cabeza en el hueco de mi cuello y empieza a llorar, no sé porque llora,
me siento un tanto impotente. La mujer que quiero (sí, la quiero) esta llorando
y no puedo hacer nada. Quiero preguntarle porque llora, pero al ver sus
lágrimas mi garganta se cierra y sé sin ninguna duda que si hablo mi voz se
romperá. Mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras. De momento
me centro en consolarla, solo la abrazo mientras ella llora en mi hombro.
Ha pasado un largo rato,
llevamos minutos, quizá horas, abrazados, Dana se ha dormido hace rato después
de estar largo rato llorando. He probado a moverme de su lado, pero eso parece
perturbarla, así que he decidido quedarme quieto abrazado a mi ángel. Yo no
tengo sueño, así que la observo. Miro y analizo sus perfectas fracciones bajo
la tenue luz que proporciona ventana entreabierta. Es preciosa. Me quedo
embobado mirándola. Observarla se esta convirtiendo en mi pasatiempo favorito.
Horas más tarde…
Dana se esta duchando en
el baño de mi habitación. Cuando hemos despertado hemos compartido un par de
besos, pero no tan apasionados como los de antes, han sido unos besos más como
una reverencia hacia su belleza que como esos besos hambrientos que nos hemos
dado antes de que Sheila llegara.
Estoy tumbado en la cama,
mirando al techo. Escuchándola cantar una balada desconocida para mí, me
enternece saber que canta en la ducha. Nunca antes había escuchado esa canción,
no estoy seguro si es la canción o la persona que la canta pero es preciosa. El
cuarto está sumido en las sombras oscuras que refleja la suave luz del mediodía
entrando por la rendija de la ventana. Hoy no hemos ido a clase, eso debería
preocuparme, antes me preocupaba, ahora tengo cosas mejores que hacer que ir a
clase, como por ejemplo consolar a quien a día de hoy es mi vida. No tengo ni
la más mínima idea de cómo ha pasado esto, pero estoy completamente enamorado
de ella. Es raro, nos conocemos de hace un par de semanas, pero estoy seguro de
que ella lo es todo para mí. La adoro. La quiero. La amo. Ahora me planteo otra
duda, ¿se lo digo? No, si se lo dijera ella se alejaría, diría que todo va muy
rápido…
En ese momento un ruido
interrumpe mis pensamientos. Me giro hacia el baño, de donde procedía el
sonido, y la veo allí, bañada por un halo de luz, es un ángel etéreo. Tiene el
pelo mojado y esta toda sonrojada. Solo una toalla la envuelve, y ese
pensamiento me deja un tanto nervioso, no se como actuar ante una chica con
solo una toalla. Es una de las visiones más bellas que alguna vez haya podido
ver.
-Ismael, necesito algo de ropa.-Me dice
agachando la cabeza, intentando esconderse.
Me levanto y me dirijo
hacia ella, me alzo en mi metro ochenta de altura justo ante ella, la cual se
queda un tanto pequeña con su metro sesenta y cinco, pero para mi es perfecta.
Pongo un dedo bajo su barbilla, alzándole la cabeza para que me mire. Y ahora
sí, la beso con toda mi hambre refrenada cuando ha venido Sheila. Ella me
devuelve el beso con igual desenfreno. El hambre por el otro nos consume, y
aleja al resto del mundo de mí. Todo a mí alrededor se desvanece dejando solo
paso a Dana, solo ella, toda ella ocupa mi mundo, toda ella ES mi mundo.
Largos segundos han
pasado ya y seguimos besándonos, ahora me hago consciente que ella solo lleva
una toalla y yo solo llevo un par de pantalones. Pero aun no es tiempo de eso,
tendremos tiempo en un futuro, ahora solo quiero seducirla, adorarla en toda su
gloria.
Y como no, alguien toca a
la puerta. Dana se separa de mí, yo me dirijo a la puerta mascullando
maldiciones en voz baja, estoy harto de que la gente nos interrumpa.
Abro la puerta y un
director enfadado me mira fijamente.
-Señor Hernández, ¿Qué hace
usted aquí, que no está en clase?-Me pregunta con el ceño fruncido.-Sus padres
me dieron estrictas instrucciones de que no debe descuidar lo más mínimo sus
estudios.
Imagino que sería un
desastre si le dijera la verdad: que me había quedado dormido y después había
estado besándome con mi chica. Más que un desastre sería un grandísimo error,
ya que se lo diría a mis padres, los cuales me cambiarían de internado, a uno
sin distracciones femeninas. Así que opto por poner mala cara y decir:
-Me encontraba muy mal
esta mañana, no creí conveniente que fuera a clase y contagiar al resto de mis
compañeros-le digo con la cara más seria que puedo conseguir.
Esto le cambia la cara,
una pequeña sonrisa asoma por la comisura de su boca, rápidamente lo esconde.
-Está bien señor
Hernández, pero si vuelve a pasar quiero ser informado, no tener que tener que
ir a buscarlo.
-De acuerdo, señor
director, no volverá a pasar.
En ese momento el
director da media vuelta y yo cierro la puerta a mis espaldas.
Me giro y veo a Dana
salir del baño con la misma camiseta que aquel primer día le presté. Ha cogido
un peine y esta cepillando su larga cabellera color caoba. Me entran unas ganas
locas de peinarla yo. Así que se lo digo:
-¿Me permites peinarte?- le digo tendiendo mí
mano esperando que me tienda el peine,
mis expectativas se ven realizadas cuando ella lo posa en mi mano.-Siéntate en
la cama, yo me sentaré detrás tuya.
Ambos nos encaminamos
hacia la cama, yo apoyo mi espalda en la pared y ella se sienta entre mis
piernas, poco a poco voy desenredando su pelo. Hablamos de cosas
insustanciales, siento deseos de preguntarle porque lloraba, pero presiento que
se lo tomaría mal. De todas formas, necesito preguntárselo:
-Dana, ¿por qué
llorabas?-pregunto.
Ella permanece en silencio
por largo rato y después me dice en un susurro:
-Alguien de mí familia ha
muerto-en la última palabra su voz se parte, y con ella un trocito de mi
corazón, al ver que ella sufre.
A pesar de que sufro por
su perdida, me extraña que sepa que alguien ha muerto, teniendo en cuenta que
lleva más o menos doce horas conmigo, y Sheila ha venido hace solo un par de
horas… ¿Cómo ha podido saber que alguien ha muerto sin hablar con su familia?
-¿Cómo sabes que alguien
ha muerto si no has hablado con nadie aparte de conmigo en unas doce
horas?-pregunto sin poder contener mi curiosidad.
-Lo sé, simplemente lo
sé…- me contesta misteriosamente.
Ha pasado un rato largo,
y ella no habla, yo tampoco, no se me ocurre nada que decirle, la intriga me
carcome las entrañas. Ella sabe seguro que alguien de su familia ha muerto, sin
hablar con nadie… todo es muy extraño, y esto me hace recordar a Anna, ¿que
será de ella? ¿Dónde estará? ¿Estará viva? ¿O muerta? Todas esas preguntas sin
responder se quedan al margen cuando Dana se levanta de golpe.
-Me tengo que ir, Ismael.
Ya si eso hablamos luego.-Dice levantándose y corriendo hacia la puerta.-Me
llevo tu camiseta, gracias.
Y desaparece por la
puerta, dejándome con la boca abierta y un peine en la mano.